16 ago. 2017



El Espíritu Santo en la oración de Cristo y del hombre.

Enseñanzas de SS Juan Pablo II sobre la Oración.

Por: SS Juan Pablo II | Fuente: Camino de María 


"¿Qué es la oración? Comúnmente se considera una conversación. En una conversación hay siempre un «yo» y un «tú». En este caso un Tú con la T mayúscula. La experiencia de la oración enseña que si inicialmente el «yo» parece el elemento más importante, uno se da cuenta luego de que en realidad las cosas son de otro modo. Más importante es el Tú, porque nuestra oración parte de la iniciativa de Dios...." . (Cruzando el umbral de la Esperanza, Cap.II)

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"...El Papa reza tal como el Espiritu Santo le permite rezar. Pienso que debe rezar de manera que, profundizando en el misterio revelado en Cristo, pueda cumplir mejor su ministerio. Y el Espíritu Santo ciertamente le guía en esto. Basta solamente que el hombre no ponga obstáculos. «El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, porque ni siquiera sabemos qué nos conviene pedir, pero el Espíritu mismo intercede con insistencia por nosotros, con gemidos inefables» (San Pablo, Carta a los Romanos. 8,26). (Cruzando el umbral de la Esperanza, Cap III)

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"La oración es una búsqueda de Dios, pero también es revelación de Dios. A través de ella Dios se revela como Creador y Padre, como Redentor y Salvador, como Espíritu que «todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios» (1 Corintios 2,10) y, sobre todo, «los secretos de los corazones humanos» (cfr. Salmo 44(43),22). A través de la oración, Dios se revela en primer lugar como Misericordia, es decir, como Amor que va al encuentro del hombre que sufre. Amor que sostiene, que levanta, que invita a la confianza. La victoria del bien en el mundo está unida de modo orgánico a esta verdad: un hombre que reza profesa esta verdad y, en cierto sentido, hace presente a Dios que es Amor misericordioso en medio del mundo." (Cruzando el umbral de la Esperanza, Cap IiI)

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"Duc in altum!" La llamada de Cristo resulta especialmente actual en nuestro tiempo, en el que una difusa manera de pensar propicia la falta de esfuerzo personal ante las dificultades. La primera condición para "remar mar adentro" requiere cultivar un profundo espíritu de oración, alimentado por la escucha diaria de la Palabra de Dios.

La auténtica vida cristiana se mide por la hondura en la oración, arte que se aprende humildemente "de los mismos labios del divino Maestro", implorando casi, "como los primeros discípulos: ‘¡Señor, enséñanos a orar!’ (Lc 11, 1). En la plegaria se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos: ‘Permaneced en mí, como yo en vosotros’ (Jn 15, 4)" (Novo millennio ineunte, 32).

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La orante unión con Cristo nos ayuda a descubrir su presencia incluso en momentos de aparente desilusión, cuando la fatiga parece inútil, como les sucedía a los mismos apóstoles que después de haber faenado toda la noche exclamaron: "Maestro, no hemos pescado nada" (Lc 5, 5). Frecuentemente en momentos así es cuando hay que abrir el corazón a la onda de la gracia y dejar que la palabra del Redentor actúe con toda su fuerza: "Duc in altum!" (cfr. Novo millennio ineunte,38).(Juan Pablo II. 11 de agosto de 2004. Punto nro. 2 del Mensaje para la XLII JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

1. EL ESPÍRITU SANTO EN LA ORACIÓN DE CRISTO
2. LA ORACIÓN DE JESÚS
3. ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS AL PADRE
4. JESÚS ENSEÑA A ORAR A SUS DISCÍPULOS
5. LA ORACIÓN DE MARÍA EN EL MAGNÍFICAT
6. CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA
7. MEDITAR CON MARÍA LOS MISTERIOS DE LA VIDA
8. NATURALEZA DEL CULTO A MARÍA
9. ¿QUÉ ES LA ORACIÓN? ¿CÓMO HACERLA?
10. JESUCRISTO ES NUESTRO CAMINO
11. DIOS ES EL PROTAGONISTA EN LA ORACIÓN


Santo Evangelio 16 de agosto 2017



Día litúrgico: Miércoles XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 18,15-20): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».


«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él (...) donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»
Rev. D. Pedro-José YNARAJA i Díaz 
(El Montanyà, Barcelona, España)


Hoy, en este breve fragmento evangélico, el Señor nos enseña tres importantes formas de proceder, que frecuentemente se ignoran.

Comprensión y advertencia al amigo o al colega. Hacerle ver, en discreta intimidad («a solas tú con él»), con claridad («repréndele»), su equivocado proceder para que enderece el camino de su vida. Acudir a la colaboración de un amigo, si la primera gestión no ha dado resultado. Si ni aun con este obrar se logra su conversión y si su pecar escandaliza, no hay que dudar en ejercer la denuncia profética y pública, que hoy puede ser una carta al director de una publicación, una manifestación, una pancarta. Esta manera de obrar deviene exigencia para el mismo que la practica, y frecuentemente es ingrata e incómoda. Por todo ello es más fácil escoger lo que llamamos equivocadamente “caridad cristiana”, que acostumbra a ser puro escapismo, comodidad, cobardía, falsa tolerancia. De hecho, «está reservada la misma pena para los que hacen el mal y para los que lo consienten» (San Bernardo).

Todo cristiano tiene el derecho a solicitar de nosotros los presbíteros el perdón de Dios y de su Iglesia. El psicólogo, en un momento determinado, puede apaciguar su estado de ánimo; el psiquiatra en acto médico puede conseguir vencer un trastorno endógeno. Ambas cosas son muy útiles, pero no suficientes en determinadas ocasiones. Sólo Dios es capaz de perdonar, borrar, olvidar, pulverizar destruyendo, el pecado personal. Y su Iglesia atar o desatar comportamientos, trascendiendo la sentencia en el Cielo. Y con ello gozar de la paz interior y empezar a ser feliz.



En las manos y palabras del presbítero está el privilegio de tomar el pan y que Jesús-Eucaristía realmente sea presencia y alimento. Cualquier discípulo del Reino puede unirse a otro, o mejor a muchos, y con fervor, Fe, coraje y Esperanza, sumergirse en el mundo y convertirlo en el verdadero cuerpo del Jesús-Místico. Y en su compañía acudir a Dios Padre que escuchará las súplicas, pues su Hijo se comprometió a ello, «porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

¿Tiens miedo? ¡Reza!



¿TIENES MIEDO? ¡REZA!

Por Javier Leoz

Las Hermanas de Teresa de Calcuta se quejaban a su madre fundadora de que no llegaban, con su esfuerzo, en la atención a los enfermos y moribundos. ¿Qué hacemos, madre? Y, Teresa de Calcuta respondió: “una hora más de adoración al Santísimo”.

1. Había quedado atrás aquel milagro espectacular de la multiplicación de los panes y de los peces. Los discípulos, sin pensárselo dos veces, subieron a la barca invitados por Jesús. Con aquel Señor que cumplía lo que decía, que multiplicaba a miles, panes y peces, merecía la pena ser seguido y obedecido.

Pero, como en las películas, en el seguimiento a Jesús hay escenas de miedo. Momentos donde parece detenerse la felicidad. Instantes que uno quisiera pasar rápidamente para llegar al final cuanto antes.

Los discípulos se embarcaron en aquella aventura que Jesús les sugirió. Pronto nacieron las dificultades. Las aguas turbulentas, el mar violento les hizo comer su propia realidad: seguir a Jesús no implica vivir al margen de las pruebas, de los sufrimientos o de los temores. Eso sí, vivir con Jesús, aporta la fortaleza y serenidad necesarias para seguir adelante y para que nunca, las zancadillas, sean mayores que nuestra capacidad para sortearlas.

2. Uno, cuando es creyente convencido (no solo bautizado) pone sus afanes no solamente en la exclusividad de sus fuerzas y carismas. Jesús, aun siendo Hijo de Dios, necesitaba de ese “tú a tú” de la oración. Escogía espacio y tiempo, lugares y silencio para un coloquio con Dios.

A Jesús, en su experiencia de Getsemaní, se le diluyeron los miedos y las ganas de renunciar a su misión, por el contacto íntimo con Dios. ¿No será que nuestras fragilidades y cobardías son fruto de nuestra deficitaria comunión o comunicación con el Señor?

¡No tengáis miedo! Nos dice el Señor en este domingo. En pleno verano y con un sol de justicia, buscamos sombrillas y lociones que nos hagan más llevadero el tórrido calor. Tenemos miedo a quemarnos y miedo al dolor. La fe, cuando está sólidamente fundamentada y enganchada en Jesús, es la mejor sombrilla y la mejor loción que podemos utilizar para evitar quemaduras en el alma y sonrojo en el rostro.

Estamos en unos tiempos donde hemos de saber contemplar la presencia de un Dios que nos está tensando un poco. Que está purificando nuestro discipulado. Nuestra pertenencia a su pueblo.

Hoy, como Pedro, gritamos aquello de ¡Señor, sálvame! Dejemos un margen de confianza al Señor. Lancémonos a las aguas de nuestro mundo sin miedo a ser engullidos por ellas. Si, el Señor va por delante, tenemos las de ganar. Él es el dueño de la barca. El sentido de nuestra historia. El fin de nuestra oración y de nuestra entrega. En el silencio aparente, en la ausencia dolorosa es donde hemos de aprender a buscar y a ver el rostro del Señor que, un domingo más y en pleno verano, nos grita: ¡Animo soy yo, no tengáis miedo!

15 ago. 2017

Santo Evangelio 15 de agosto 2017



Día litúrgico: 15 de Agosto: La Asunción de la Virgen María

Texto del Evangelio (Lc 1,39-56): En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.


«Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador»
P. Abad Dom Josep ALEGRE Abad de Santa Mª de Poblet 
(Tarragona, España)


Hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de Santa María en cuerpo y alma a los cielos. «Hoy —dice san Bernardo— sube al cielo la Virgen llena de gloria, y colma de gozo a los ciudadanos celestes». Y añadirá estas preciosas palabras: «¡Qué regalo más hermoso envía hoy nuestra tierra al cielo! Con este gesto maravilloso de amistad —que es dar y recibir— se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, lo humilde y lo sublime. El fruto más granado de la tierra está allí, de donde proceden los mejores regalos y los dones de más valor. Encumbrada a las alturas, la Virgen Santa prodigará sus dones a los hombres».

El primer don que te prodiga es la Palabra, que Ella supo guardar con tanta fidelidad en el corazón, y hacerla fructificar desde su profundo silencio acogedor. Con esta Palabra en su espacio interior, engendrando la Vida para los hombres en su vientre, «se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1,39-40). La presencia de María expande la alegría: «Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44), exclama Isabel.

Sobre todo, nos hace el don de su alabanza, su misma alegría hecha canto, su Magníficat: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador...» (Lc 1,46-47). ¡Qué regalo más hermoso nos devuelve hoy el cielo con el canto de María, hecho Palabra de Dios! En este canto hallamos los indicios para aprender cómo se funden lo humano y lo divino, lo terreno y lo celeste, y llegar a responder como Ella al regalo que nos hace Dios en su Hijo, a través de su Santa Madre: para ser un regalo de Dios para el mundo, y mañana un regalo de nuestra humanidad a Dios, siguiendo el ejemplo de María, que nos precede en esta glorificación a la que estamos destinados.

Se va...pero deja un camino



SE VA… PERO DEJA UN CAMINO

Por Javier Leoz

Amigos; estamos celebrando una de las grandes fiestas de nuestra vida cristiana: LA ASUNCIÓN DE MARIA… LA ASCENCIÓN DE LA VIRGEN. ¡Media España y medio mundo, eleva sus ojos al cielo! ¡Allá, en lo más alto, se abre una ventana para que, a través de ella, pase la Madre del mismo Dios! ¡María!

1. ¡Qué bien nos viene, la imagen de los juegos olímpicos para centrar esta fiesta! ¿Qué es lo que buscan o pretenden los atletas o los deportistas, los países que participan? Competir para ganar. Subir al pódium y con cuantas medallas más y mejor.

Pues mirad esta festividad de la Asunción, me atrevería a decir, es la gran medalla que DIOS da a la Virgen por haber estado ahí, por haber corrido hasta el final, por haber permanecido fiel, por no haber humillado –y esta es la diferencia con los juegos olímpicos- al adversario sino al revés: HABERSE HUMILLADO PARA QUE DIOS HICIERA QUE ELLO QUE TENIA PENSADO

Hoy es el día en que DIOS eleva a la Virgen en el pódium del cielo; le abre sus puertas, la sienta a su lado por haber jugado en limpio con sencillez y obediencia, con pobreza y humildad, con pureza y con disponibilidad…

2. No me extraña que miles de pueblos, parroquias, catedrales, ermitas, hombres y mujeres, continentes, la tengan como punto de referencia en sus vidas. La suerte que tuvo Ella la queremos tener nosotros.

--Si Ella en este día subió a los cielos; nosotros también estamos llamados a juntarnos con la Madre en ese mismo lugar

--Si Ella permaneció hasta el final FIEL a sus principio; que nosotros no los perdamos. La fiesta de la Asunción es precisamente eso: NO PERDER EL NORTE…NO DEJAR QUE NADIE VULGARICE NUESTRA VIDA.

3.- Hoy se habla mucho de la desmotivación que existe en la juventud. De cómo se queman etapas antes de tiempo; ¿pasará dentro de unos años cuando hay tanta ausencia de ideales? Yo tengo una respuesta: TENEMOS QUE LLENAR DE NUEVO DE FONDO A LAS PERSONAS. TENEMOS QUE REARMARLAS DE NUEVO. REHACERLAS DE NUEVO….ante este mundo que lo único que pretende a veces es que miremos exclusivamente a la tierra y nos olvidemos de esos otros valores que emergen del cielo, de esa fuente de felicidad y de fortaleza que nos viene de la FE EN DIOS.

4.- Por ello, en este 15 de agosto, miles, millones de personas, salimos a la calle y acudimos a la Liturgia esplendorosa y triunfal de la Asunción. Con esa intencionalidad, sobre los hombros de muchos cristianos, paseamos y la subimos –para que la Virgen toque un poco con su mano el cielo- sobre nuestros hombros.

Por ello, en este día de gloria, de premio y de gratificación por parte de Dios a la Virgen María, soñamos también con el nuestro: Ella participó en el plan de Dios y, nosotros, si lo hacemos de la misma manera…entraremos por el mismo pórtico por el que María es recibida en medio de cánticos, trompetas y sonrisas celestiales.

5.- Hoy DIOS se la lleva a su lado…porque su cuerpo no puede corromperse en la tierra. Pero todos, tú y yo, nosotros…la tenemos en el corazón pese a quien pese y caiga quien caiga. Pues mirar al cielo y tener fe….conlleva un triunfo; no son las medallas de oro y de plata de los juegos olímpicos, es la alegría de ver un día cara a cara a los nuestros y ver frente a frente el rostro de Cristo de Dios, del Espíritu y de María Virgen. Amén.

14 ago. 2017

Santo Evangelio 14 de agosto 2017



Día litúrgico: Lunes XIX del tiempo ordinario

Santoral 14 de Agosto: San Maximiliano Mª Kolbe, presbítero y mártir

Texto del Evangelio (Mt 17,22-27): En aquel tiempo, yendo un día juntos por Galilea, Jesús dijo a sus discípulos: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le matarán, y al tercer día resucitará». Y se entristecieron mucho. 

Cuando entraron en Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el didracma y le dijeron: «¿No paga vuestro Maestro el didracma?». Dice él: «Sí». Y cuando llegó a casa, se anticipó Jesús a decirle: «¿Qué te parece, Simón?; los reyes de la tierra, ¿de quién cobran tasas o tributo, de sus hijos o de los extraños?». Al contestar él: «De los extraños», Jesús le dijo: «Por tanto, libres están los hijos. Sin embargo, para que no les sirvamos de escándalo, vete al mar, echa el anzuelo, y el primer pez que salga, cógelo, ábrele la boca y encontrarás un estárter. Tómalo y dáselo por mí y por ti».


«Yendo un día juntos por Galilea»
P. Joaquim PETIT Llimona, L.C. 
(Barcelona, España)


Hoy, la liturgia nos ofrece diferentes posibilidades para nuestra consideración. Entre éstas podríamos detenernos en algo que está presente a lo largo de todo el texto: el trato familiar de Jesús con los suyos.

Dice san Mateo que Jesús y los discípulos iban «yendo un día juntos por Galilea» (Mt 17,22). Pudiera parecer algo evidente, pero el hecho de mencionar que iban juntos nos muestra cómo el evangelista quiere remarcar la cercanía de Cristo. Luego les abre su Corazón para confiarles el camino de su Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, algo que Él lleva muy adentro y que no quiere que, aquellos a quienes tanto ama, ignoren. Posteriormente, el texto recoge el episodio del pago de los impuestos, y también aquí el evangelista nos deja entrever el trato de Jesús, poniéndose al mismo nivel que Pedro, contraponiendo a los hijos (Jesús y Pedro) exentos del pago y los extraños obligados al mismo. Cristo, finalmente, le muestra cómo conseguir el dinero necesario para pagar no sólo por Él, sino por los dos y no ser, así, motivo de escándalo.

En todos estos rasgos descubrimos una visión fundamental de la vida cristiana: es el afán de Jesús por estar con nosotros. Dice el Señor en el libro de los Proverbios: «Mi delicia es estar con los hijos de los hombres» (Prov 8,31). ¡Cómo cambia, esta realidad, nuestro enfoque de la vida espiritual en la que a veces ponemos sólo la atención y el acento en lo que nosotros hacemos, como si eso fuera lo más importante! La vida interior ha de centrase en Cristo, en su amor por nosotros, en su entrega hasta la muerte por mí, en su constante búsqueda de nuestro corazón. Muy bien lo expresaba san Juan Pablo II en uno de sus encuentros con los jóvenes: el Papa exclamó con voz fuerte «¡Miradle a Él!».

Buscad al Señor con alegría



Buscad al Señor con alegría

La oración no se hace sólo con la cabeza. Se hace sobre todo con el "corazón".

Por: Pedro Finkler | Fuente: www.abandono.com 

Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando sus manos puras, sin ira ni discusiones (1 Tim 2,8).

Todo cuanto se lee o se oye respecto al Señor sólo puede comprenderse y servir de provecho en la medida en que se convierte en diálogo con el Señor. El único modo de sintonizar con la palabra de Dios es meditarla en lo íntimo del corazón. Aquí está el punto crucial que explica el hecho de que unos comprendan fácilmente lo que es orar mientras que otros no pueden entenderlo. La comprensión de las cosas del espíritu se hace posible en la medida en que se espiritualiza el sujeto. El saber es siempre de verdad el fruto de un descubrimiento. Este se lleva siempre a cabo a través de unas experiencias.

El problema de la oración no debe tratarse como algo abstracto. Es una cuestión de amor. Sólo puede comprenderse entonces en ese nivel. La disponibilidad para ese amor sin el que la oración es algo imposible puede muy bien aprenderse en la escuela de María. Nadie fue más generoso, más sencillo y más disponible que ella para dar un auténtico sí al Señor. Amar es la disponibilidad permanente para decir sí a las sucesivas invitaciones del Señor a su amor.

El sentido de la vida, como todas las demás cosas, se descubre por la experiencia. Si existo, es porque alguien me ama y me ha indicado el camino que tengo que seguir: realizarme en el amor y por el amor y construir la historia junto con los demás seres humanos. Nuestra vocación de cristianos y de religiosos consiste, por tanto, en insertarnos en el plan de salvación de Cristo. El sueño del Señor al llamarnos a la vida espiritual fue que nos transformásemos en una señal visible de su amor a los hombres.

Rezar no es solamente pensar cosas edificantes respecto a Dios, respecto a la Virgen...; no es tener sólo sentimientos piadosos y palabras bonitas; no es sólo reflexionar con atención sobre las verdades sagradas. Rezar es, sobre todo, vivir una realidad de la gracia; es estar consciente de la constante presencia del Señor en nuestra vida y abrirnos por completo a ella. Orar es creer en este misterio insondable.

Orar no es tampoco contemplar mentalmente una verdad teológica. Es vivir simplemente la presencia de alguien con un don precioso recibido gratuitamente. Con humildad y con modestia. Sin pretensiones. Sentir que pertenecemos a alguien que nos quiere sólo para él. Esta misteriosa presencia no es fantasía. Es una realidad sorprendente a la que nos adherimos con toda la fuerza de nuestra fe lúcida y encarnada como una convicción infantil ingenua e inocente.

La oración no se hace sólo con la cabeza. Se hace sobre todo con el "corazón". De la misma manera que el amor, la oración es más sentimiento que pensamiento. Pensamos generalmente en cosas del pasado o del futuro. La emoción y el sentimiento están más bien relacionados con el presente.

El tiempo pasado es para recordar. El tiempo futuro, para planear. Estas dos actividades pueden tener ocasionalmente su importancia. Pero la oración es vivencia. "Para tener éxito en la vida de oración es decisivo desarrollar la capacidad de entrar en contacto con el presente y permanecer en él". Por consiguiente, para orar es necesario dejar de pensar para darse cuenta o para vivenciar conscientemente los hechos de la vida presente.

Pensar es una actividad fatigosa. Es trabajo mental. La oración es vivencia que tiene lugar en el terreno de la emoción, del sentimiento, como el amor, la intuición, la sensación... El pensamiento, el raciocinio, el cálculo, etc., son actividades que sólo indirectamente influyen en el modo de ser humano. Generalmente, no cambian nada en el hombre. La calidad de nuestro ser no depende de lo que pensamos, sino de lo que sentimos. Únicamente por eso lo que sentimos, vivenciamos o experimentamos tiene el poder de transformarnos.

Orar no consiste en esforzarse por ir al encuentro del Señor. Es vivencia de apertura, de acogida y de espera... El Señor no está esperándonos; está siempre ahí, junto a nosotros. Pide y suplica que le prestemos atención, que le escuchemos, que no le demos la espalda, que lo acojamos... Nuestra respuesta a su incesante invitación es una acogida.

Empecé mi libro sobre la oración -Cuando el hombre ora . . . - afirmando que "cuando el hombre ora, algo cambia en él y en su ambiente". Esto es relativamente fácil de entender cuando recordamos que orar es estar en relación con Dios. Siempre que dos personas se relacionan de un modo más profundo tienen lugar ciertos cambios en la situación en que viven. Para que la comunicación sea constructiva para los protagonistas, es necesario que ambos acepten a priori las consecuencias de esa comunicación. Las más importantes de esas consecuencias son: los cambios que cualquier comunicación lleva consigo, la necesidad de aceptar el misterio que revela, la urgencia de respetar la libertad y el modo original de ser del otro, el descubrimiento del modo de ser de la propia libertad interna, la revelación de las características de su personalidad, de su propia ignorancia...

La oración vocal bien hecha nos puede revelar la realidad viva de Jesucristo. Realidad simultáneamente profunda y sublime que jamás llegamos a entender. Es misteriosa. Cuanto más profundamente conocemos a un amigo, tanto más misteriosa se hace a nuestros ojos. La palabra humana nos revela algo del misterio de las cosas. La palabra de Dios nos revela la inconmensurable grandeza de aquel que la pronunció.

Orar es esencialmente consentir en la gracia. Es responder a la invitación del Señor: "Aquí estoy, Señor, a tu disposición; haz de mí lo que quieras". Nadie llega a orar únicamente por el esfuerzo personal. Todo lo que hacemos por nosotros mismos para orar no pasa de ser una señal de buena voluntad, que siempre es muy bien acogida por Dios. El espera esta señal. Es la condición para que él pueda hacer algo que nos ayude a descubrir la oración.

El esfuerzo personal para rezar consiste esencialmente en una actitud voluntaria de silenciosa atención y escucha. Cuando nos disponemos para la oración personal, es aconsejable no escoger de antemano el tipo de oración que vamos a hacer. Es preferible empezar siempre por fijar silenciosamente la atención en la presencia del Señor que nos acoge amablemente. Una vez creado ese clima de amorosa presencia junto al Señor, seguir ocupándose de él de la forma más espontánea posible de acuerdo con la disposición y la inspiración del momento. Orientarse por aquello que se puede percibir en la intimidad de la conciencia. Allí es donde se manifiesta con mayor claridad aquello que el Señor espera de nosotros. Muchas veces el Señor no nos pide más que permanezcamos amorosamente en su presencia. Esto es ya contemplación, que, ciertamente, produce una mayor unión con Dios que muchos piadosos pensamientos respecto a él o que la recitación de textos hermosos. Sin embargo, la oración vocal también es, ciertamente, un precioso tipo de oración.

Para entrar en el clima de oración hay que servirse de los medios que más nos pueden ayudar. Esos medios pueden escogerse entre las diversas técnicas psicológicas más o menos especializadas de iniciación en esas prácticas tan útiles. Lo esencial de esas técnicas siempre consiste en la búsqueda de simplicidad y de autenticidad.

El grado de fidelidad a la oración indica el grado de autenticidad de vida de un religioso. Un elevado espíritu de oración es la actitud personal necesaria para que Dios pueda manifestarse al hombre. Y esa manifestación sólo puede realizarla el Señor por medio del amor. Únicamente un gran amor a Dios nos permite comprender y aceptar creativamente los grandes valores de la vida cristiana y religiosa.

Tan sólo la experiencia de un verdadero amor a Dios puede enseñar al hombre a descubrir el rostro del Señor en el corazón de los hermanos. La verdadera caridad fraterna nace del amor al Señor. Las dificultades de relación interpersonal encuentran su explicación más profunda en la relación defectuosa del hombre con Dios. El hombre de oración establece una excelente relación de diálogo con el Señor. En la vida práctica de esa persona, el aprendizaje de una buena relación con el Señor se transfiere espontáneamente a su relación interpersonal con los hombres. Por consiguiente, es innegable que el remedio de tantos conflictos humanos es la vuelta a la oración, a la contemplación. ¿No será esto precisamente lo que tantos jóvenes desilusionados de hoy andan buscando cuando corren detrás de gurús carismáticos que prometen una relación más profunda con el Absoluto? Un absoluto existencial y nada más. Pero el cristianismo ofrece la posibilidad de satisfacer mucho mejor ese deseo profundo del hombre a través de la experiencia de auténtica oración contemplativa. En ésta, el hombre entra en comunicación directa no con una entidad abstracta o con un simple absoluto existencial disfrutado de un modo más o menos egocéntrico. Al contrario, la auténtica oración profunda permite al hombre establecer una verdadera relación interpersonal con la persona de Jesucristo. De acuerdo con la revelación que Dios nos ha hecho de sí mismo, él está espiritualmente presente en la vida de cada uno de los hombres de modo concreto y real, aunque imperceptible a los sentidos exteriores. Comunicar con una persona realmente presente, aun cuando no pueda ser vista ni tocada, es algo que satisface el anhelo natural del hombre trascendental. Sin embargo, ese objetivo jamás podrá ser alcanzado por una supuesta comunicación con cualquier otra cosa distinta, llámenla lo absoluto de esto o de aquello. En realidad, no existe más que un Absoluto: Dios. Y Dios es una persona, no una cosa o un concepto filosófico.

13 ago. 2017



DESCUBRIR LA PRESENCIA DE JESÚS

Por José María Martín, OSA

1- Jesús necesita orar. Imaginamos a Jesús agotado físicamente después de haber saciado el hambre de la gente y de haberse despedido de todos. Los discípulos se han ido a pescar, pero El necesita retirarse a solas para orar. Si el mismo Jesús necesita orar, ¡cuánto más nosotros! La barca de los discípulos se deja llevar sin rumbo por el viento. Así es nuestra vida muchas veces: caminamos sin rumbo, arrastrados por nuestras pasiones, sin un objetivo fijo, sin fuerzas para enderezar nuestra vida. Pero Jesús acude en su ayuda caminando sobre las aguas. Es un signo de su divinidad y los discípulos se asustaron, "se turbaron" como María cuando recibió el anuncio del ángel ante el misterio de Dios que se le había revelado. Pedro y los doce quedaron turbados ante la verdad de Jesús que se estaba manifestando. Jesús les da ánimo, su identidad, "soy yo", da confianza al hombre que se debate siempre en el temor, la angustia, la desesperación o el vacío.

2 – “¡Señor, sálvame!". Pedro se quiere hacer el valiente y quiere poner a prueba sus propias fuerzas. Pero le entró miedo, comenzó a hundirse y suplicó "¡Señor, sálvame!". Intuyó el poder de Jesús y por eso se dirige a El caminando sobre las aguas, pero luego piensa en las dificultades y los problemas y esto le provoca el hundimiento. Esto le ocurre por dejar de mirar a Jesús y poner los ojos en otro sitio. El conocimiento de nosotros mismos, de nuestras miserias y oscuridades nos desconcierta, sólo la fe en Jesús nos ayuda a caminar. No nos conocemos suficientemente, nos da miedo bajar a lo profundo de nosotros mismos. Pedro era un hombre impulsivo, terco y primario, pero generoso y por eso se lanza fácilmente sin tener en cuenta los obstáculos. Pedro es uno de los que gritan por el fantasma, después pasa a una actitud petulante y atrevida, pero después se angustia al ver su propia realidad. Sólo la fe en Jesús sostiene su vida, por eso exclama con todos: "Realmente eres Hijo de Dios".

3. - ¿Cómo encontrarnos con Jesús? Es aleccionadora en este sentido la lectura del Libro primero de los Reyes: el profeta Elías en su huida de la pérfida reina Jezabel se metió en una cueva del monte Horeb. Recibió el anuncio de que el Señor iba a pasar. Pero no le vio en el huracán, ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, el Señor vino con la brisa tenue. Es imposible descubrir a Dios en el ruido, en el jaleo, cuando estamos fuera de nosotros mismos. Es verdad que Dios está en todos los sitios, pero es imposible percibirle si no profundizamos en nosotros mismos. Es dentro de nuestro santuario interior donde podemos darnos cuenta de su presencia. Ahora tenemos más tiempo para el descanso, para el encuentro con nosotros mismos. La Palabra de Dios de cada día o un buen libro de meditación nos pueden ayudan a descubrir el gran tesoro de Dios que todos llevamos dentro. Y no olvidemos que un lugar privilegiado para el encuentro con Dios es el hermano que sufre, que está solo, al que nadie quiere. ¡Descúbrelo!

Santo Evangelio 13 de agosto 2017



Día litúrgico: Domingo XIX (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 14,22-33): Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. 

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».


«Empezó a hundirse y gritó: ‘Señor, sálvame’»
Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)


Hoy, la experiencia de Pedro refleja situaciones que hemos experimentado también nosotros más de una vez. ¿Quién no ha visto hacer aguas sus proyectos y no ha experimentado la tentación del desánimo o de la desesperación? En circunstancias así, debemos reavivar la fe y decir con el salmista: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8). 

Para la mentalidad antigua, el mar era el lugar donde habitaban las fuerzas del mal, el reino de la muerte, amenazador para el hombre. Al “andar sobre el agua” (cf. Mt 14,25), Jesús nos indica que con su muerte y resurrección triunfa sobre el poder del mal y de la muerte, que nos amenaza y busca destrozarnos. Nuestra existencia, ¿no es también como una frágil embarcación, sacudida por las olas, que atraviesa el mar de la vida y que espera llegar a una meta que tenga sentido? 

Pedro creía tener una fe clara y una fuerza muy consistente, pero «empezó a hundirse» (Mt 14,30); Pedro había asegurado a Jesús que estaba dispuesto a seguirlo hasta morir, pero su debilidad lo acobardó y negó al Maestro en los hechos de la Pasión. ¿Por qué Pedro se hunde justo cuando empieza a andar sobre el agua? Porque, en vez de mirar a Jesucristo, miró al mar y eso le hizo perder fuerza y, a partir de ese instante, su confianza en el Señor se debilitó y los pies no le respondieron. Pero, Jesús «le extendió la mano [y] lo agarró» (Mt 14,31) y lo salvó.

Después de su resurrección, el Señor no permite que su apóstol se hunda en el remordimiento y la desesperación y le devuelve la confianza con su perdón generoso. ¿A quién miro yo en el combate de la vida? Cuando noto que el peso de mis pecados y errores me arrastra y me hunde, ¿dejo que el buen Jesús alargue su mano y me salve?

Descubrir la presencia de Jesús



DESCUBRIR LA PRESENCIA DE JESÚS

Por José María Martín, OSA

1- Jesús necesita orar. Imaginamos a Jesús agotado físicamente después de haber saciado el hambre de la gente y de haberse despedido de todos. Los discípulos se han ido a pescar, pero El necesita retirarse a solas para orar. Si el mismo Jesús necesita orar, ¡cuánto más nosotros! La barca de los discípulos se deja llevar sin rumbo por el viento. Así es nuestra vida muchas veces: caminamos sin rumbo, arrastrados por nuestras pasiones, sin un objetivo fijo, sin fuerzas para enderezar nuestra vida. Pero Jesús acude en su ayuda caminando sobre las aguas. Es un signo de su divinidad y los discípulos se asustaron, "se turbaron" como María cuando recibió el anuncio del ángel ante el misterio de Dios que se le había revelado. Pedro y los doce quedaron turbados ante la verdad de Jesús que se estaba manifestando. Jesús les da ánimo, su identidad, "soy yo", da confianza al hombre que se debate siempre en el temor, la angustia, la desesperación o el vacío.

2 – “¡Señor, sálvame!". Pedro se quiere hacer el valiente y quiere poner a prueba sus propias fuerzas. Pero le entró miedo, comenzó a hundirse y suplicó "¡Señor, sálvame!". Intuyó el poder de Jesús y por eso se dirige a El caminando sobre las aguas, pero luego piensa en las dificultades y los problemas y esto le provoca el hundimiento. Esto le ocurre por dejar de mirar a Jesús y poner los ojos en otro sitio. El conocimiento de nosotros mismos, de nuestras miserias y oscuridades nos desconcierta, sólo la fe en Jesús nos ayuda a caminar. No nos conocemos suficientemente, nos da miedo bajar a lo profundo de nosotros mismos. Pedro era un hombre impulsivo, terco y primario, pero generoso y por eso se lanza fácilmente sin tener en cuenta los obstáculos. Pedro es uno de los que gritan por el fantasma, después pasa a una actitud petulante y atrevida, pero después se angustia al ver su propia realidad. Sólo la fe en Jesús sostiene su vida, por eso exclama con todos: "Realmente eres Hijo de Dios".

3. - ¿Cómo encontrarnos con Jesús? Es aleccionadora en este sentido la lectura del Libro primero de los Reyes: el profeta Elías en su huida de la pérfida reina Jezabel se metió en una cueva del monte Horeb. Recibió el anuncio de que el Señor iba a pasar. Pero no le vio en el huracán, ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, el Señor vino con la brisa tenue. Es imposible descubrir a Dios en el ruido, en el jaleo, cuando estamos fuera de nosotros mismos. Es verdad que Dios está en todos los sitios, pero es imposible percibirle si no profundizamos en nosotros mismos. Es dentro de nuestro santuario interior donde podemos darnos cuenta de su presencia. Ahora tenemos más tiempo para el descanso, para el encuentro con nosotros mismos. La Palabra de Dios de cada día o un buen libro de meditación nos pueden ayudan a descubrir el gran tesoro de Dios que todos llevamos dentro. Y no olvidemos que un lugar privilegiado para el encuentro con Dios es el hermano que sufre, que está solo, al que nadie quiere. ¡Descúbrelo!

12 ago. 2017

Santo Evangelio 12 de agosto 2017



Día litúrgico: Sábado XVIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 17,14-20): En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, arrodillándose ante Él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle». Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá!». Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento. 

Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?». Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible».


«Si tenéis fe como un grano de mostaza (...) nada os será imposible»
Rev. D. Fidel CATALÁN i Catalán 
(Terrassa, Barcelona, España)


Hoy, una vez más, Jesús da a entender que la medida de los milagros es la medida de nuestra fe: «Yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará» (Mt 17,20). De hecho, como hacen notar san Jerónimo y san Agustín, en la obra de nuestra santidad (algo que claramente supera a nuestras fuerzas) se realiza este “desplazarse el monte”. Por tanto, los milagros ahí están y, si no vemos más es porque no le permitimos hacerlos por nuestra poca fe.

Ante una situación desconcertante y a todas luces incomprensible, el ser humano reacciona de diversas maneras. La epilepsia era considerada como una enfermedad incurable y que sufrían las personas que se encontraban poseídas por algún espíritu maligno.

El padre de aquella criatura expresa su amor hacia el hijo buscando su curación integral, y acude a Jesús. Su acción es mostrada como un verdadero acto de fe. Él se arrodilla ante Jesús y lo impreca directamente con la convicción interior de que su petición será escuchada favorablemente. La manera de expresar la demanda muestra, a la vez, la aceptación de su condición y el reconocimiento de la misericordia de Aquél que puede compadecerse de los otros.

Aquel padre trae a colación el hecho de que los discípulos no han podido echar a aquel demonio. Este elemento introduce la instrucción de Jesús haciendo notar la poca fe de los discípulos. Seguirlo a Él, hacerse discípulo, colaborar en su misión pide una fe profunda y bien fundamentada, capaz de soportar adversidades, contratiempos, dificultades e incomprensiones. Una fe que es efectiva porque está sólidamente enraizada. En otros fragmentos evangélicos, Jesucristo mismo lamenta la falta de fe de sus seguidores. La expresión «nada os será imposible» (Mt 17,20) expresa con toda la fuerza la importancia de la fe en el seguimiento del Maestro.

La Palabra de Dios pone delante de nosotros la reflexión sobre la cualidad de nuestra fe y la manera cómo la profundizamos, y nos recuerda aquella actitud del padre de familia que se acerca a Jesús y le ruega con la profundidad del amor de su corazón.

La oración de contemplación



La oración de contemplación

La tradiciones cristianas y las oraciones.Explicadas por el Cardenal Norberto Rivera.


Por: Norberto Rivera Carrra, Cardenal | Fuente: Catholic.net 

La contemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. "Yo lo miro y él me mira", decía, en tiempos de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el "conocimiento interno del Señor" para más amarlo y seguirlo (Cf San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales 104). La contemplación es escucha de la palabra de Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida incondicional de siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el “sí” del Hijo hecho siervo y en el "fiat" de su humilde esclava. La contemplación es silencio, este "símbolo del mundo venidero" (San Isaac de Nínive, Tractatus Mystici 66) o "amor silencioso" (San Juan de la Cruz). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre "exterior", el Padre nos da a conocer a su Verbo encar-nado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús (Catecismo de la Iglesia Católica 2715 - 2717).

Junto a la oración vocal y a la meditación, la oración contemplativa es una de las tres grandes clases de oración cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica las resume así en los números 2721 - 2724:

La tradición cristiana contiene tres importantes expresiones de la vida de oración: la oración vocal, la meditación y la oración contemplativa. Las tres tienen en común el recogimiento del corazón.
La oración vocal, fundada en la unión del cuerpo con el espíritu en la naturaleza humana, asocia el cuerpo a la oración interior del corazón a ejemplo de Cristo que ora a su Padre y enseña el “Padrenuestro” a sus discípulos (el Catecismo de la Iglesia Católica la explica con más amplitud en los números 2700 - 2704).

La meditación es una búsqueda orante, que hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción, el deseo. Tiene por objeto la apropiación creyente de la realidad considerada, que es confrontada con la realidad de nuestra vida (el Catecismo de la Iglesia Católica la explica con más amplitud en los números 2705 - 2708).
La oración contemplativa es la expresión sencilla del misterio de la oración. Es una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor. Realiza la unión con la oración de Cristo en la medida en que nos hace participar de su misterio (el Catecis-mo de la Iglesia Católica la explica con más amplitud en los números 2709 - 2719).

Esta forma de oración, la contemplativa, no por ser la última que se trata es la menos importante. Al contrario, la oración contemplativa es un medio privilegiado para llegar a un conocimiento íntimo y experimental de Jesucristo que acrecienta y fortalece el amor a Él. Es, como dice el Catecismo, la expresión sencilla del misterio de la oración (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 2713). Al mismo tiempo, es la oración de los grandes santos, verdaderos maestros de la unión con Dios: San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Siena, San Francisco de Asís, etc. Es un tipo de oración que, precisamente por su simplicidad, está al alcance de todo el mundo, independientemente de su temperamento o de su mayor o menor capacidad intelectual. Es aquella en la que resulta más fácil iniciarse con verdadero fruto, sin rutina.

La oración contemplativa o de contemplación consiste en “hacerse presente” en la escena o el misterio que se contempla. Es tomar, por ejemplo, un pasaje evangélico y recrearlo en la mente metiéndose en él como protagonista (tomar el papel de uno de los personajes que aparecen como, por ejemplo, asumir la figura de Juan a los pies de la cruz de Cristo en Juan 19, 25-27) o destinatario (pensar que todo eso sucede por mí o para mí: Cristo nace para mí, muere por mis pecados, etc.). La forma de “meterse” es a través de los sentidos actuados en y con la imaginación: ver las personas que entran en la escena, oír lo que dicen o pueden decir, lo que comentan entre sí, mirar buscando centrar la atención en lo que hacen los personajes, participar, ayudar, etc. Lo que se hace no es recordar un hecho histórico de forma artificial, sino actualizar la historia de la salvación compuesta de eventos situados en la historia, pero con un alcance universal (Cristo cuando muere, muere por los pecados de todos los seres humanos de todos los tiempos y los redime; cuando nace, nace para todos los hombres de todas las edades de la historia; sus enseñanzas son también para siempre y para todos). Por ello, no se trata de ser mero espectador de todos los sucesos y enseñanzas que presenta el Evangelio, sino de actualizarlos trayéndolos al aquí y al ahora de nuestras vidas. Por eso es válido revivirlos en el corazón, recrear un diálogo con el Señor, escucharlo, actuar en las distintas situacio-nes que presenta la Escritura (por ejemplo, ser recibido en los brazos del Padre como el hijo pródigo o recibir a Cristo en casa como Marta y María). De todo ello se sacan enseñanzas muy válidas para la vida espiritual que ayudan a revisar a fondo la conciencia y a dialogar con más naturalidad con Cristo.

El centro de este tipo de oración está en la aplicación de los sentidos y de todas las facultades humanas que actúan a partir de ellos: la imaginación, el entendi-miento, la voluntad. Efectivamente, el contemplar los misterios y meter en ellos el oído, el gusto, la vista, hace más fácil el paso a los sentimientos (por ejemplo, el amor a Dios al ver cómo nos acoge y perdona, el deseo de seguir a Cristo al ver su compor-tamiento paciente y humilde en los sufrimientos de la pasión, el contento, el descon-tento, el rechazo, la confianza, la alegría, etc.), a la valoración y apropiación de las verdades de fe (por ejemplo, la maldad del pecado al ver lo que hace Cristo para borrarlo, la divinidad de Cristo al contemplar su resurrección o los milagros que realizaba, etc.) o a las resoluciones de la voluntad (por ejemplo, el deseo de no cometer ningún pecado para corresponder así a la amistad de Cristo que sufrió mucho por mí, el propósito de confesar los propios pecados al contemplar la misericordia que usó Jesucristo con la adúltera, la resolución de imitar el amor de Cristo en el perdón y la disculpa de las ofensas al contemplar el momento en que pronuncia la frase: “perdónalos porque no saben lo que hacen” o el servicio humilde a los demás cuando les lava los pies en la Última Cena). Esto es lo que hace más sencillo este tipo de oración, porque involucra a todo el ser humano. En otras formas de oración resulta más trabajoso meter todas las facultades humanas.

El dinamismo de este modo de oración es, por tanto, el siguiente: parte de la contemplación de un misterio o de un hecho de la vida del Señor, de la Santísima Virgen o de la Historia de la salvación (ver las personas, escuchar lo que dicen, considerar las acciones) y sus implicaciones para la propia vida, hasta llegar a los afectos y las mociones de la voluntad que engendran la decisión de la entrega, el seguimiento y la imitación. Al final se recogen los frutos de la contemplación, que son muchos y, seguramente, el más importante es que nos hace partícipes del misterio de Cristo (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 2718).

Todo lo dicho hasta aquí podría hacer pensar que en la oración contemplativa se avanza casi sin esfuerzo. Sin embargo, la oración contemplativa también requiere de ese necesario combate de la oración para vencer las objeciones, las distracciones, las dificultades, las tentaciones, y perseverar en el amor (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 2725 - 2758). “La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él, nos enseñan que la oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora. El que no quiere actuar habitualmente según el Espíritu de Cristo, tampoco podrá orar habitual-mente en su Nombre. El combate espiritual de la vida nueva del cristiano es insepara-ble del combate de la oración” (Catecismo de la Iglesia Católica 2725).

Como ya se ha dicho, la contemplación simplifica mucho el trabajoso esfuerzo por poner orden e interés en todas las facultades durante la oración. Esto se verifica de modo especial con la imaginación, que Santa Teresa definió como “la loca de la casa” (Cf Castillo Interior, Moradas IV, capítulo 1, 13), y que siempre resulta difícil convertirla en aliada de la oración. Con este método contemplativo está siempre activa y metida de lleno en la recreación de los hechos que se presentan como fondo de nuestro diálogo con Dios. Para otros tipos de distracciones, siempre será conve-niente tener en cuenta lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 2729: “Salir a la caza de la distracción es caer en sus redes; basta volver a concentrarse en la oración: la distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado. Esta humilde toma de conciencia debe empujar al orante a ofrecer al Señor para ser purificado. El combate se decide cuando se elige a quién se desea servir”. Combatir la distracciones es absurdo; lo mejor, la única solución, es simplemente volver a concentrarse en la contemplación. De todas formas, hay que pedir a Dios la gracia de eligirlo siempre a Él y no a la distracción.

Siempre, para evitar la subjetividad, resulta muy importante seguir los textos de la Sagrada Escritura o de la liturgia y marcarse con claridad el fruto que se desea alcanzar de Dios como, por ejemplo, el amor de Pedro que sabe rectificar y pedir perdón por haber traicionado al Señor. Para que sea de verdad oración, todo esto ha de hacerse buscando el diálogo con Dios y la respuesta personal llevada a la vida. De nada serviría el esfuerzo si las actitudes, los afectos, las decisiones, que nacen en la contemplación, no tuviesen ningún efecto en la vida de todos los días. Esta gracia hay que pedírsela a Dios y, al mismo tiempo, hay que buscar sacar aplicaciones concretas de lo que se aprendió y contempló en la oración.

Por sus características, la contemplación tiene que hacerse con tranquilidad, con el tiempo suficiente. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recomienda lo siguiente al respecto: “La elección del tiempo y de la duración de la oración de contemplación depende de una voluntad decidida, reveladora de los secretos del corazón. No se hace contemplación cuando se tiene tiempo, sino que se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo momento, pero sí se puede entrar siempre en contemplación, independiente-mente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y en la fe” (Catecismo de la Iglesia Católica 2710).

Otro elemento que beneficia la oración contemplativa es el silencio. Toda oración requiere concentración, es decir, una atención lo más completa posible a lo que se está contemplando. Para ello, hay que olvidarse de todo lo demás y buscar un ambiente adecuado que no ofrezca estímulos que distraigan nuestra atención del diálogo con Dios. Vale la pena abandonar momentáneamente muchas cosas para meterse a fondo en la oración y después salir de ella enriquecidos.

Soy consciente de que faltan por tratar muchos temas relacionados con la oración y muchas formas de oración como la Liturgia de las Horas, el Ángelus, las novenas, la meditación cristiana, que no tiene nada que ver con las modernas formas de meditación, etc. Espero, con la ayuda de Dios, poder hacerlo en otro momento. Hay dos milenios de tradición cristiana en la que los discípulos de Cristo han buscado dialogar con su Maestro y toda esa riqueza es imposible agotarla en tan pocas páginas. Este esfuerzo se hizo con el fin de acercar un poco ese tesoro a los fieles de la arquidiócesis de México esperando que les sea de utilidad para conocer y amar mejor a Jesucristo, centro de la vida del hombre, verdadero y único Salvador.

11 ago. 2017

Santo Evangelio 11 de agosto 2017



Día litúrgico: Viernes XVIII del tiempo ordinario

Santoral 11 de Agosto: Santa Clara de Asís, virgen

Texto del Evangelio (Mt 16,24-28): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues, ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino».


«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»
Rev. D. Pedro IGLESIAS Martínez 
(Rubí, Barcelona, España)



Hoy, el Evangelio nos sitúa claramente frente al mundo. Es radical en su planteamiento, no admite medias tintas: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). En numerosas ocasiones, frente al sufrimiento generado por nosotros mismos o por otros, oímos: «Debemos soportar la cruz que Dios nos manda... Dios lo quiere así...», y vamos acumulando sacrificios como cupones pegados en una cartilla, que presentaremos en la auditoria celestial el día que nos toque rendir cuentas.

El sufrimiento no tiene valor en sí mismo. Cristo no era un estoico: tenía sed, hambre, cansancio, no le gustaba que le abandonaran, se dejaba ayudar... Donde pudo alivió el dolor, físico y moral. ¿Qué pasa entonces? 

Antes de cargar con nuestra “cruz”, lo primero, es seguir a Cristo. No se sufre y luego se sigue a Cristo... A Cristo se le sigue desde el Amor, y es desde ahí desde donde se comprende el sacrificio, la negación personal: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25). Es el amor y la misericordia lo que conduce al sacrificio. Todo amor verdadero engendra sacrificio de una u otra forma, pero no todo sacrificio engendra amor. Dios no es sacrificio; Dios es Amor, y sólo desde esta perspectiva cobra sentido el dolor, el cansancio y las cruces de nuestra existencia tras el modelo de hombre que el Padre nos revela en Cristo. San Agustín sentenció: «En aquello que se ama, o no se sufre, o el mismo sufrimiento es amado».

En el devenir de nuestra vida, no busquemos un origen divino para los sacrificios y las penurias: «¿Por qué Dios me manda esto?», sino que tratemos de encontrar un “uso divino” para ello: «¿Cómo podré hacer de esto un acto de fe y de amor?». Es desde esta posición como seguimos a Cristo y como —a buen seguro— nos hacemos merecedores de la mirada misericordiosa del Padre. La misma mirada con la que contemplaba a su Hijo en la Cruz.

Quien confía en Dios nunca queda defraudado. Dios nos comprende siempre, nos quiere, lo puede todo



Cara y cruz de la Oración

Quien confía en Dios nunca queda defraudado. Dios nos comprende siempre, nos quiere, lo puede todo


Por: Máximo Alvarez | Fuente: Catholic.net 


Hay momentos en la vida en los que uno necesita hablar con alguien, compartir una alegría o una pena, pedir ayuda o sencillamente buscar que alguien nos escuche. Rezar significa buscar en Dios ese interlocutor que nos hace falta, esa persona que nos eche una mano. Y son muchas las veces que por estos motivos nos acordamos de Dios. La diferencia de hablar con Dios respecto de hacerlo con otras personas está en que Dios nos comprende siempre, nos quiere, lo puede todo, inspira confianza.

Pero no han faltado quienes sostienen que Dios es una invención del hombre, una especie de engaño o ilusión para calmar la angustia y el sufrimiento. En alguna parte he visto anunciado un libro titulado "Orar después de Freud". Me temo que apunta en esta dirección. Por eso, aunque lo normal es que uno de los frutos de la oración sea la paz, la calma, la esperanza, también al hombre que reza le pueden asaltar algunas dudas.

Por ejemplo, el pensar cómo Dios puede querer y amar y estar pendiente de miles de millones de personas a la vez, de todo ese hormiguero inmenso que es la humanidad, de los que viven en la actualidad y de los que han vivido desde la aparición del hombre. Se supone que para Dios todos son importantes. Pero parece difícil que pueda comunicarse simultáneamente con todos.

Otro sentimiento que puede tener quien se dirige a Dios para pedirle ayuda es el siguiente: en este mismo instante hay personas que lo están pasando muy mal, un accidente de tráfico que acaba de ocurrir, un enfermo que no soporta los dolores, un prisionero o secuestrado que suspira por su libertad, alguien que se está muriendo de hambre. ¿Cómo me atrevo yo a pedirle a Dios a esta pequeña ayuda mientras otros necesitan mucho más y no obtienen respuesta?

La oración debe ser un remanso de paz, pero uno puede preguntarse cómo es posible sentir esa tranquilidad, mientras otros viven en ese mismo instante, también ante Dios, que lo tiene todo presente, una situación dramática y angustiosa. En este sentido nuestra oración sincera debe llevarnos a ser solidarios con los que sufren.

Podríamos añadir un motivo más para el desconcierto: el hecho de estar suplicando y pidiendo a Dios ayuda y no ver respuesta ni solución. Ello puede llevarnos a la duda y a la desconfianza, a sumirnos más en la desesperanza.

Todas estas actitudes y otras parecidas del hombre que ora aparecen reflejadas en la Biblia. Así por ejemplo en el Libro de Job (quien a pesar de su fe en Dios se encuentra lleno de desdichas), en los Salmos y también en la oración de Jesús. El "Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz" o el "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" son muestras de esa otra cara (o cruz) de la oración.

A pesar de todo merece la pena orar sin desaliento. Como la luz del sol que llega a todos los humanos, así Dios llega a cada uno de nosotros en la medida de nuestra necesidad. Ni de día ni de noche, haga frío o calor, pierde el sol un ápice de luz o de temperatura. Y no hay invierno, por crudo que sea, que no dé paso a la primavera y al verano.

Si hasta los grandes místicos tuvieron sus noches oscuras del alma y sus enormes sufrimientos, nada tiene de extraño que nosotros también podamos experimentar parecidas sensaciones a la hora de comunicarnos con Dios. En todo caso no deben llevarnos al desánimo sino más bien a tener presente que, a pesar de todo, la experiencia dice que merece la pena orar y confiar plenamente en el Señor. En realidad quien confía en Él nunca queda defraudado. La filosofía popular no nos engaña cuando nos recuerda que "Dios aprieta, pero no ahoga" o que "Dios escribe derecho con renglones torcidos".. Y siguiendo con el refranero podemos tener encuenta aquello de "A Dios rogando y con el mazo dando".

Alguien ha dicho que la oración siempre es útil, incluso aunque Dios no existiera, porque el que ora de alguna manera ya se está desahogando, liberando una tensión; y al mismo tiempo el que pide algo es que tiene la esperanza de encontrar respuesta y de alguna manera ello le lleva también a poner algo de su parte para alcanzar la solución. Si, además, podemos afirmar que Dios es Padre todopoderoso, nos sobran razones para orar sin desfallecer.

10 ago. 2017

Santo Evangelio 10 de agosto 2017



Día litúrgico: 10 de Agosto: San Lorenzo, diácono y mártir

Texto del Evangelio (Jn 12,24-26): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará».


«Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)



Hoy, la Iglesia —mediante la liturgia eucarística que celebra al mártir romano san Lorenzo— nos recuerda que «existe un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios» (San Juan Pablo II).

La ley moral es santa e inviolable. Esta afirmación, ciertamente, contrasta con el ambiente relativista que impera en nuestros días, donde con facilidad uno adapta las exigencias éticas a su personal comodidad o a sus propias debilidades. No encontraremos a nadie que nos diga: —Yo soy inmoral; —Yo soy inconsciente; —Yo soy una persona sin verdad... Cualquiera que dijera eso se descalificaría a sí mismo inmediatamente.

Pero la pregunta definitiva sería: ¿de qué moral, de qué conciencia y de qué verdad estamos hablando? Es evidente que la paz y la sana convivencia sociales no pueden basarse en una “moral a la carta”, donde cada uno tira por donde le parece, sin tener en cuenta las inclinaciones y las aspiraciones que el Creador ha dispuesto para nuestra naturaleza. Esta “moral”, lejos de conducirnos por «caminos seguros» hacia las «verdes praderas» que el Buen Pastor desea para nosotros (cf. Sal 23,1-3), nos abocaría irremediablemente a las arenas movedizas del “relativismo moral”, donde absolutamente todo se puede pactar y justificar.

Los mártires son testimonios inapelables de la santidad de la ley moral: hay exigencias de amor básicas que no admiten nunca excepciones ni adaptaciones. De hecho, «en la Nueva Alianza se encuentran numerosos testimonios de seguidores de Cristo que (...) aceptaron las persecuciones y la muerte antes que hacer el gesto idolátrico de quemar incienso ante la estatua del Emperador» (San Juan Pablo II).

En el ambiente de la Roma del emperador Valeriano, el diácono «san Lorenzo amó a Cristo en la vida, imitó a Cristo en la muerte» (San Agustín). Y, una vez más, se ha cumplido que «el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna» (Jn 12,25). La memoria de san Lorenzo, afortunadamente para nosotros, quedará perpetuamente como señal de que el seguimiento de Cristo merece dar la vida, antes que admitir frívolas interpretaciones de su camino.

¡Oh Dios mío, yo te amo!



¡Oh Dios mío, yo te amo!

Una manera fácil de hacer oración



Por: Rev. Jules V. Simoneau, S.S.S. | Fuente: Catholic.net 

Si me preguntaras cuál es la oración mejor y más corta que pudieras ofrecer a Dios en todo tiempo y en todo lugar, sin titubear yo te daría la respuesta en seis palabras: ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO!

Y entusiastamente te exhortaría para que repitieras estas palabras ardientes durante todas las horas que pases despierto. Nada puede ser más grato a Dios, ni tan edificante para ti que tales actos de amor frecuentes y fervorosos.

Al principio estas palabras pudieran parecerte mecánicas, o sonar artificiales en tus labios, pero a fuerza de repetición pronto llegarían a convertirse en tan significativas para ti, como en realidad lo son.

¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! No existe un pensamiento que valga la pena, sentimiento o aspiración que estas palabras no puedan comunicar hasta Dios, de ti. En tus labios y en tu corazón pueden convertirse en la fórmula y la expresión de toda virtud y de todo deseo. Precisamente porque significan lo que significan, estas palabras pueden expresar un sin número de otros significados que pueden cobrar para ustedes. ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO!... Es decir, creo en Ti, te adoro, espero en Ti, siento haberte ofendido... Te amo en esta alegría, en este dolor, en esta desilusión... Quiero amarte y hacer que Te amen más y más. Sí, esto y mucho más es lo que quieres decir cada vez que digas: ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO!.

¿Por qué es esta oración corta, o aspiración, tan rica en significados y bendiciones de toda naturaleza. ¿Por qué quisiera yo que tú siguieras repitiéndola innumerables veces? Porque es la expresión perfecta de la caridad, la mayor de las virtudes, y cada vez la estarías aprovechando en el corazón así en los labios, y estarías cumpliendo con el mayor de todos los Mandamientos. Recordarás que un día, cierto Doctor de la Ley, deseando someter a prueba a Jesús, se acercó a El preguntándole: ¿ Cuál Mandamiento de la Ley de Dios es el mayor?.

Citando palabra por palabra de Deuteronomio, uno de los Libros del Antiguo Testamento, Jesús dio la tan conocida respuesta: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Este es el mayor de los Mandamientos y el primero.

Sabrás, que el amar a Dios es la única finalidad adecuada de nuestra existencia.

Así como las aves fueron creadas para velar y los peces para nadar y las estrellas para iluminar el cielo, así nuestros corazones fueron creados para amar a Dios. Para poder alcanzar esta finalidad, recibimos en el Bautismo, junto con la gracia santificante, las virtudes teológicas de la fe, esperanza y caridad, así como todos los demás dones y las virtudes necesarias para vivir la vida sobrenatural. Las probabilidades son sin embargo, que todas estas virtudes infundidas en nosotros no se desarrollen ni crecerán en nuestras almas como debieran, si no tenemos el cuidado o la precaución de llevar a cabo actos correspondientes. De allí la importancia de multiplicar nuestros actos de fe, esperanza y caridad. Pero, como venía diciendo, un acto de amor puede incluirlo todo.

¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! Todos los santos han vivido y han muerto con estas palabras en sus corazones si no en los labios. San Agustín nunca pudo dejar de admirarse de que Dios infinito nos hubiera mandado a nosotros los pobres pecadores que le amásemos. "¿Quién soy, ¡Oh Dios mío!, para que Tú me mandes que te ame y amenazarme con tu ira si no Te amo?".

San Juan de la Cruz solía decir que "el menor movimiento de amor puro es de mayor valor para la Iglesia que todas las obras juntas". A punto de despachar a sus misioneras al Nuevo Mundo, Santa Magdalena Sofía Barat les dijo: "Si solamente lograran ir hasta donde pudieran establecer un solo Tabernáculo, y lograr de un solo pobre ser salvaje un único acto de amor, ¿no sería esto una felicidad tan grande que perduraría por el resto de sus vidas y conseguiría para ustedes el mérito abundante para toda la eternidad?".

Santa Teresa del Niño Jesús que murió con este mismo acto de amor en sus labios ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! previamente había afirmado: "solamente existe una cosa única que debemos hacer durante este breve día, o mejor dicho, esta breve noche de nuestra existencia: es amar, amar a Jesús con toda la fuerza de nuestro corazón y salvar almas para Él, para que Él sea amado". El Beato Eimardo había dicho en confianza "Me ha parecido que moriría feliz si mucho amara a la Eucaristía y a la Santísima Virgen."

Si quieres vivir y morir como los Santos en amor y gozando de la amistad de Dios, también tu deberás adquirir y cultivar la costumbre de hacer fervientes actos de amor cada día de tu vida, recordando siempre que uno sólo de actos puede borrar no solamente tus pecados diarios y tus imperfecciones, sino todos los de una vida entera siempre y cuando naturalmente tengas la intención de hacer una buena confesión en cuanto te sea posible. Recuerda al buen ladrón en la cruz, él hizo un acto único de amor perfecto. Allí en ese momento el Cristo Moribundo lo canonizó. "Este día, Él le aseguró, estarás conmigo en el Paraíso".

¿Qué sería más fácil y más meritorio a la vez que decir: ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! cuando te levantes en la mañana o cuando te retiras por la noche, en tu alegría y en tu pena, en la salud y en la enfermedad, en la Iglesia o en el hogar, en el juego o en el trabajo, en la calle o en la tienda, en todas tus actividades durante las idas y venidas del día?.

Una vez que hayas adquirido el hábito de hacer actos frecuentes de amor, puedes implantar y alentar ese mismo hábito entre tus amigos, parientes y conocidos, principalmente los enfermos y moribundos, entre los niños en el hogar y en la escuela. Si a los niños en la escuela y en el hogar se les enseña por medio de la palabra, ejemplo y alentándoles, la costumbre de decir frecuentemente con fervor estas seis palabras: ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! Su educación en verdad se verá coronada de éxito perdurable y se multiplicarán las vocaciones.

¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! Piensa en la gloria que puedes dar a Dios, del bien que puedes hacer a las almas en la tierra y en el Purgatorio, si constantemente repites este acto de amor en todo tiempo y en todo lugar y animas a tantos como puedas para que hagan otro tanto. Piensa en las bendiciones que lloverían sobre tu parroquia y tu patria si de cientos de fieles y miles de ciudadanos, continuamente se elevaran actos de amor hacia Dios.

Déjame asegurarte una vez mas que si sigues diciendo frecuentemente y de corazón estas seis palabras, ¡OH DIOS MIO, YO TE AMO! Él en verdad te hará muy santo y feliz en el tiempo y la eternidad.