2 dic. 2016

Santo Evangelio 2 de Diciembre 2016


Día litúrgico: Viernes I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 9,27-31): Cuando Jesús se iba de allí, al pasar le siguieron dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!». Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: «¿Creéis que puedo hacer eso?». Dícenle: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en vosotros según vuestra fe». Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Mirad que nadie lo sepa!». Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca.

«Jesús les dice: ‘¿Creéis que puedo hacer eso?’. Dícenle: ‘Sí, Señor’»
Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM 
(Barcelona, España)


Hoy, en este primer viernes de Adviento, el Evangelio nos presenta tres personajes: Jesús en el centro de la escena, y dos ciegos que se le acercan llenos de fe y con el corazón esperanzado. Habían oído hablar de Él, de su ternura para con los enfermos y de su poder. Estos trazos le identificaban como el Mesías. ¿Quién mejor que Él podría hacerse cargo de su desgracia?

Los dos ciegos hacen piña y, en comunidad, se dirigen ambos hacia Jesús. Al unísono realizan una plegaria de petición al Enviado de Dios, al Mesías, a quien nombran con el título de “Hijo de David”. Quieren, con su plegaria, provocar la compasión de Jesús: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!» (Mt 9,27).

Jesús interpela su fe: «¿Creéis que puedo hacer eso?» (Mt 9,28). Si ellos se han acercado al Enviado de Dios es precisamente porque creen en Él. A una sola voz hacen una bella profesión de fe, respondiendo: «Sí, Señor» (Ibidem). Y Jesús concede la vista a aquellos que ya veían por la fe. En efecto, creer es ver con los ojos de nuestro interior.

Este tiempo de Adviento es el adecuado, también para nosotros, para buscar a Jesús con un gran deseo, como los dos ciegos, haciendo comunidad, haciendo Iglesia. Con la Iglesia proclamamos en el Espíritu Santo: «Ven, Señor Jesús» (cf. Ap 22,17-20). Jesús viene con su poder de abrir completamente los ojos de nuestro corazón, y hacer que veamos, que creamos. El Adviento es un tiempo fuerte de oración: tiempo para hacer plegaria de petición, y sobre todo, oración de profesión de fe. Tiempo de ver y de creer.

Recordemos las palabras del Principito: «Lo esencial sólo se ve con el corazón».

Encuentro con el Señor



Encuentro con el Señor

Adviento. Encontrarse con Él, significa ser capaces de descubrir en nuestro interior lo que Dios quiere y busca para nosotros.

Por: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net 


"Vayamos con alegría al encuentro del Señor", es la frase central del Adviento, y con la que se puede resumir la actitud cristiana de quien está preparando el encuentro con Dios Nuestro Señor en Navidad.

¿Dónde se encuentra el Señor? ¿Cómo podemos ir a su encuentro? Nunca debemos olvidar que cuando hablamos de encontrarnos con Dios, lo que tenemos que hacer es entrar en nuestro corazón y preguntarnos si nos estamos encontrando con Él en lo más profundo de nosotros mismos. De nada serviría tener un encuentro externo, de fiestas y de preparativos para la Navidad, si ese encuentro no se realiza vivencialmente en nuestro interior.

Encontrarnos con el Señor significa ser capaces de descubrir en nuestro interior lo que Dios quiere y busca para nosotros. El encuentro con el Señor no es otra cosa sino la capacidad que tengamos en nuestra alma de reconocer la presencia de Dios, y por lo tanto, la obediencia a su ley en nuestro corazón.

A veces podría parecernos contradictorio el tener que encontrarnos dentro de nosotros y hacer desde el interior el encuentro con Dios, porque cuántas veces pensamos que en nuestro interior tiene que haber una total autonomía, por la cual somos nosotros los que decidimos, mandamos, vemos qué hacemos, y nos olvidamos que nuestra auténtica realización y el verdadero encuentro con Dios sólo se realiza en la medida en que obedecemos la ley del Señor.

Encontrarse con Jesús en este Adviento y no tener en nuestro interior una actitud de obediencia a este Cristo que viene es una infamia. En cada uno de nuestros corazones debe existir una obediencia motivada no por otra cosa, sino por el hecho de que Cristo viene a traernos la verdad. Por lo tanto, el encuentro con la ley de Dios, el encuentro con Cristo en este Adviento, no puede ser superficial, de fantasía o de confeti, sino que tiene que ser un encuentro muy serio, muy recio, porque en el fondo, es el encuentro con la verdad de nosotros mismos, con nuestra propia autenticidad.

¿Cómo podemos realizar este encuentro? Si el encuentro tiene que ser interior, el hombre, en su tender hacia Dios, debe ser capaz de hacerlo libremente. Y para lograr esto, como dice el Papa, es necesario que "el hombre pueda distinguir el bien del mal. Y esto sucede, ante todo, gracias a la luz de la razón natural, reflejo en el hombre del esplendor del rostro de Dios”. (Veritatis Splendor, n. 42).

Todos tenemos en nuestro interior un don, que no es otra cosa sino el reflejo del esplendor del rostro de Dios. La inteligencia es un regalo dado por Dios al hombre para que el hombre pueda encontrarse con Él. Nuestra razón no está simplemente llamada a ver, sino también a buscar cuál es el bien y cuál es el mal. Dios ha querido regir el mundo con una norma, que es su ley: “La ley eterna, objetiva y universal mediante la cual Dios ordena, dirige y gobierna con el designio de su sabiduría y de su amor, el mundo y los caminos de la comunidad humana”. (Dignatis humanae, 3).

El ser humano no se encuentra con Dios de una forma automática, sino que con su libertad puede responder al amor de Dios. Es así el modo en el cual Dios Nuestro Señor es providente con el hombre. Lo vemos en el Evangelio del centurión: Cuando Cristo va a curar al siervo, se encuentra con que el centurión es providente a través de su fe, es decir, a través de su querer, de su libertad que se pone en contacto con Dios.

¿Cómo es Dios providente con nuestra familia? No simplemente dándonos cosas materiales para comer y para vivir. Dios es providente con nuestras familias especialmente en base a nuestra libertad que decide amar. Amar a este hombre o a esta mujer, amar a estos hijos, amar a mi entorno. "El hombre se hace partícipe de la providencia de Dios siendo providente sobre sí y para los demás". (Veritatis Splendor n. 43).

¡Qué dignidad tan grande, qué luz tan honorífica y rica ha puesto Dios en nosotros! Yo me preguntaría si sabemos usar esta luz en nuestras vidas, o si por el contrario, vivimos como las plantas, como los animales: simplemente respondiendo a estímulos, a provocaciones que la vida nos va suscitando, y no aceptamos en nuestro interior este designio de la sabiduría y del amor de Dios que descubrimos con nuestra razón natural. Nuestra inteligencia tiene que estar orientada a buscar el bien: el bien para nosotros, porque ese es el modo en el cual Dios se hace providente sobre nuestra vida, pero también el bien para los demás, porque ese es el modo en el cual Dios se hace providente, a través de nosotros, con los demás.

El bien lo encuentro con mi razón que acoge la Revelación de Dios, que acepta el camino que Él me presenta, y de esa forma, yo respondo libre y racionalmente a lo que el Señor me propone. Cuando veo el mundo actual y me quejo, ¿me he preguntado si he sido providente para mis hermanos los hombres? Cuando veo las necesidades que me rodean, ¿me he preguntado si he sido providente para ese pobre, para ese enfermo, para ese solitario, para ese abandonado o para ese sufriente?

Todos estos caminos: la ley eterna, la ley natural —que es la ley de nuestra razón—, la ley del Evangelio y la ley del el Antiguo Testamento, que parecen ser una especie como de poste de luz a nuestro alrededor, convergen en lo mismo: ayudar a que el hombre haga la verdad que busca la ley de Dios, que por lo tanto, se realice.

¿Qué busca la ley del Evangelio? Que el hombre haga la verdad. ¿Qué tiene que buscar la ley de nuestra razón? Que el hombre haga la verdad, que sea auténtico, que no se engañe a sí mismo. ¿Quieres ser libre?, es decir, ¿quieres encontrarte contigo mismo?, ¿quieres encontrarte con el designio de Dios en tu corazón? En definitiva, ¿quieres encontrarte con Cristo, porque esto es el Adviento? Busca vivir de acuerdo a la ley de Dios. Vive siempre conforme a lo que el Señor te propone a través de tu razón, a través de las Escrituras, a través de las circunstancias a lo largo de tu vida.

Busquemos siempre el bien y huyamos del mal, para que la fe del centurión, del que nos habla el Evangelio, se realice en nosotros. Y así, también se producirá en nosotros el auténtico encuentro con Cristo. Porque, ¿quién se encontró plenamente con Cristo, el siervo que fue curado, o el centurión que creyó? Quien se encontró con Nuestro Señor, no fue el siervo curado, sino el centurión que creyó.

Hagamos que nuestra vida, en este Adviento, no se encuentre con Cristo simplemente porque cambie el decorado de las casas, el ambiente de las ciudades, o las actividades de las familias; encontrémonos con Cristo porque en nuestro interior acogemos, con nuestra libertad, la búsqueda del bien y de la verdad que el Señor nos propone a cada uno.



P. Cipriano Sánchez LC

1 dic. 2016

Santo Evangelio 1 de diciembre 2016


Día litúrgico: Jueves I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 7,21.24-27): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».

«No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos»
Abbé Jean-Charles TISSOT 
(Freiburg, Suiza)


Hoy, el Señor pronuncia estas palabras al final de su "sermón de la montaña" en el cual da un sentido nuevo y más profundo a los Mandamientos del Antiguo Testamento, las "palabras" de Dios a los hombres. Se expresa como Hijo de Dios, y como tal nos pide recibir lo que yo os digo, como palabras de suma importancia: palabras de vida eterna que deben ser puestas en práctica, y no sólo para ser escuchadas —con riesgo de olvidarlas o de contentarse con admirarlas o admirar a su autor— pero sin implicación personal.

«Edificar en la arena una casa» (cf. Mt 7,26) es una imagen para describir un comportamiento insensato, que no lleva a ningún resultado y acaba en el fracaso de una vida, después de un esfuerzo largo y penoso para construir algo. "Bene curris, sed extra viam", decía san Agustín: corres bien, pero fuera del trayecto homologado, podemos traducir. ¡Qué pena llegar sólo hasta ahí: el momento de la prueba, de las tempestades y de las crecidas que necesariamente contiene nuestra vida!

El Señor quiere enseñarnos a poner un fundamento sólido, cuyo cimiento proviene del esfuerzo por poner en práctica sus enseñanzas, viviéndolas cada día en medio de los pequeños problemas que Él tratará de dirigir. Nuestras resoluciones diarias de vivir la enseñanza del Cristo deben así acabar en resultados concretos, a falta de ser definitivos, pero de los cuales podamos obtener alegría y agradecimiento en el momento del examen de nuestra conciencia, por la noche. La alegría de haber obtenido una pequeña victoria sobre nosotros mismos es un entrenamiento para otras batallas, y la fuerza no nos faltará —con la gracia de Dios— para perseverar hasta el fin.

«Entrará en el Reino de los cielos (...) el que haga la voluntad de mi Padre celestial»
+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret 
(Vic, Barcelona, España)


Hoy, la palabra evangélica nos invita a meditar con seriedad sobre la infinita distancia que hay entre el mero “escuchar-invocar” y el “hacer” cuando se trata del mensaje y de la persona de Jesús. Y decimos “mero” porque no podemos olvidar que hay modos de escuchar y de invocar que no comportan el hacer. En efecto, todos los que —habiendo escuchado el anuncio evangélico— creen, no quedarán confundidos; y todos los que, habiendo creído, invocan el nombre del Señor, se salvarán: lo enseña san Pablo en la carta a los Romanos (cf. Ro 10,9-13). Se trata, en este caso, de los que creen con auténtica fe, aquella que «obra mediante la caridad», como escribe también el Apóstol.

Pero es un hecho que muchos creen y no hacen. La carta de Santiago Apóstol lo denuncia de una manera impresionante: «Sed, pues, ejecutores de la palabra y no os conforméis con oírla solamente, engañándoos a vosotros mismos» (Stg 1,22); «la fe, si no tiene obras, está verdaderamente muerta» (Stg 2,17); «como el cuerpo sin alma está muerto, así también la fe sin obras está muerte» (Stg 2,26). Es lo que rechaza, también inolvidablemente, san Mateo cuando afirma: «No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21).

Es necesario, por tanto, escuchar y cumplir; es así como construimos sobre roca y no encima de la arena. ¿Cómo cumplir? Preguntémonos: ¿Dios y el prójimo me llegan a la cabeza —soy creyente por convicción?; en cuanto al bolsillo, ¿comparto mis bienes con criterio de solidaridad?; en lo que se refiere a la cultura, ¿contribuyo a consolidar los valores humanos en mi país?; en el aumento del bien, ¿huyo del pecado de omisión?; en la conducta apostólica, ¿busco la salvación eterna de los que me rodean? En una palabra: ¿soy una persona sensata que, con hechos, edifico la casa de mi vida sobre la roca de Cristo?

Vocaciones y oración



Vocaciones y oración

Cada uno necesita crear un clima de oración, un diálogo personal con Dios, que abre el alma a descubrir y acoger la llamada divina.


Por: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net 


El miércoles 16 de abril de 2008, el Papa Benedicto XVI dirigió un importante discurso a los obispos de Estados Unidos, en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington.

Al final de su discurso, el Papa afrontó tres preguntas formuladas por los obispos. La tercera tocaba un tema básico en la vida de la Iglesia: la disminución de vocaciones.

Benedicto XVI respondió con una actitud fraterna y confiada. Explicó, al inicio, que "la capacidad de suscitar vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa es un signo seguro de la salud de una Iglesia local. A este respecto, no queda lugar para complacencia alguna. Dios sigue llamando a los jóvenes, pero nos corresponde a nosotros animar una respuesta generosa y libre a esa llamada".

Desde el texto de Mt 9,37-38, el Papa recordó la importancia de rezar al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. "Parecerá extraño, pero yo pienso muchas veces que la oración -el unum necessarium- es el único aspecto de las vocaciones que resulta eficaz y que nosotros tendemos con frecuencia a olvidarlo o infravalorarlo".

¿De qué oración se trata? Benedicto XVI aclaró en seguida de que no se trata sólo de la oración por las vocaciones, que tiene tanta importancia. Se trata, sobre todo, de la oración cristiana, que se vive en familia, que se refuerza a través de la formación y de los Sacramentos, y que se convierte así en "el medio principal por el que llegamos a conocer la voluntad de Dios para nuestra vida".

Cada bautizado necesita crear un clima de oración, un diálogo personal con Dios, que abre el alma a descubrir y acoger la llamada divina. Así resulta posible ese discernimiento vocacional que "es ante todo el fruto del diálogo íntimo entre el Señor y sus discípulos. Los jóvenes, si saben rezar, pueden tener confianza de saber qué hacer ante la llamada de Dios".

Las necesidades más profundas de los hombres de hoy surgen a causa de la ausencia de Dios. ¿Cómo será posible que Dios "regrese" a nuestro mundo? A través de muchos jóvenes sacerdotes, de muchos jóvenes consagrados en la vida religiosa, que se comprometan plenamente a anunciar el Evangelio del Amor de Dios, la presencia de Cristo en el mundo.

Eso será posible si cada hogar, cada parroquia, cada diócesis, promueve ese clima profundo de oración en el cual los corazones se abren sencillamente a Dios y rezan, desde el santuario de la conciencia: "Señor, ¿qué quieres que yo haga? Habla, Señor, que tu siervo escucha" (cf. Hch 22,10; 1Sam 3,10).







30 nov. 2016

Santo Evangelio 30 de Noviembre 2016



Día litúrgico: 30 de Noviembre: San Andrés, apóstol

Texto del Evangelio (Mt 4,18-22): En aquel tiempo, caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.

«Os haré pescadores de hombres»
Prof. Dr. Mons. Lluís CLAVELL 
(Roma, Italia)


Hoy es la fiesta de san Andrés apóstol, una fiesta celebrada de manera solemne entre los cristianos de Oriente. Fue uno de los dos primeros jóvenes que conocieron a Jesús a la orilla del río Jordán y que tuvieron una larga conversación con Él. Enseguida buscó a su hermano Pedro, diciéndole «Hemos encontrado al Mesías» y lo llevó a Jesús (Jn 2,41). Poco tiempo después, Jesús llamó a estos dos hermanos pescadores amigos suyos, tal como leemos en el Evangelio de hoy: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres» (Mt 4,19). En el mismo pueblo había otra pareja de hermanos, Santiago y Juan, compañeros y amigos de los primeros, y pescadores como ellos. Jesús los llamó también a seguirlo. Es maravilloso leer que ellos lo dejaron todo y le siguieron “al instante”, palabras que se repiten en ambos casos. A Jesús no se le ha de decir: “después”, “más adelante”, “ahora tengo demasiado trabajo”...

También a cada uno de nosotros —a todos los cristianos— Jesús nos pide cada día que pongamos a su servicio todo lo que somos y tenemos —esto significa dejarlo todo, no tener nada como propio— para que, viviendo con Él las tareas de nuestro trabajo profesional y de nuestra familia, seamos “pescadores de hombres”. ¿Qué quiere decir “pescadores de hombres”? Una bonita respuesta puede ser un comentario de san Juan Crisóstomo. Este Padre y Doctor de la Iglesia dice que Andrés no sabía explicarle bien a su hermano Pedro quién era Jesús y, por esto, «lo llevó a la misma fuente de la luz», que es Jesucristo. “Pescar hombres” quiere decir ayudar a quienes nos rodean en la familia y en el trabajo a que encuentren a Cristo que es la única luz para nuestro camino.

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«Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis»



«Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis»

     Durante siglos, antes que Jesús viniera a la tierra, todos los profetas, uno tras otro, estaban en su puesto de guardia, en lo alto de la torre; todos esperaban atentamente su venida en la oscuridad de la noche. Velaban sin cesar para sorprender el primer albor de la aurora... «Oh Dios, tú eres mi Dios, desde la aurora te busco. Mi alma está sedienta de ti como tierra reseca, agostada, sin agua» (Sl 62,2)... «¡Ah si rompieses los cielos y descendieses! Ante tu faz los montes se derretirían como prende el fuego en la hojarasca... Desde los orígenes del mundo, lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (Is 64,1; 1C 2,9). 

Sin embargo, si alguna vez unos hombres han tenido el derecho de atarse a este mundo y de no desinteresarse de él,  fueron ésos servidores de Dios; se les había dado participar de la tierra, y según las mismas promesas del Altísimo, ésa debía ser su recompensa. Pero nuestra recompensa, la que nos concierne, es la del mundo venidero...  También ellos, estos grandes servidores de Dios, a pesar de su valor, han sobrepasado el don terrestre de Dios para atarse a unas promesas más bellas todavía; por esta esperanza han sacrificado lo que tenían en posesión. No se contentaron con menos sino con la plenitud de su Creador; buscaban ver el rostro de su Libertador. Y si para alcanzar esto era preciso que la tierra se quebrara, que los cielos se abriesen, que los elementos del mundo llegaran a disolverse para, al fin, darse cuenta que es mejor que todo se hunda ¡mucho mejor que seguir viviendo sin él! Tal era la intensidad del deseo de los adoradores de Dios en Israel, los que esperaban lo que había de venir... Su perseverancia da prueba de que había alguna cosa que esperar. 

     También los apóstoles, una vez que su Maestro vino y se marchó, no se quedaron más cortos que los profetas en la agudeza de su percepción ni en el ardor de sus aspiraciones. Continuó el milagro de perseverar en la espera.



Beato John Henry Newman (1801-1890), teólogo, fundador del Oratorio en Inglaterra 
«Con motivo de la espera de Cristo». Sermones predicados en varias ocasiones 

Debemos ser como un niño para entrar en el Reino de los cielos.



Debemos ser como un niño para entrar en el Reino de los cielos.


Mateo 18:2-5¨ Jesús llamó entonces a un niño, lo puso en medio de ellos 3 y dijo:

—Les aseguro que si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de los cielos. 4 El más importante en el reino de los cielos es el que se humilla y se vuelve como este niño. 5 Y el que recibe en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí.¨ (PDT)

Se designa con el término de Niñez a aquel período de la vida humana que se extiende desde el nacimiento del individuo hasta la llegada de la pubertad.
La niñez es una de la más hermosa  etapa de la vida, llena inocencia, alegría, humildad y todo lo bello que puede tener un niño.

Los niños son capaces de amar todo, de admirar lo más simple, desde una hormiguita arrastrando una hojita hasta una nube con formas, para un niño cualquier cosa es impresionante, cualquier momento presente es eterno, el amor es su estado natural.

Jesús les enseña a sus discípulos que el comportamiento de todo ciudadano del Reino de los cielos debe ser como el de un niño.
Como seguidores de Cristo debemos manifestar las características de un niño.

Debemos permitir que Dios a través de su Santo Espíritu realice en nuestro ser esa transformación día a día para que así mostremos el carácter de Cristo en nuestra manera de pensar, hablar, actuar y relacionarnos con los demás.

Solo debemos reconocer nuestras limitaciones, faltas,  rendirnos completamente a Dios  y nuestro Padre celestial nos llenará de su amor y nos ayudará a vencer todo lo que impide nuestro crecimiento como hijos de Dios .

Dios Todopoderoso, ayúdanos a ser transformado cada día de tal manera podamos ser como un niño lleno de amor, pureza y así manifestar el carácter de Cristo en nuestra vida , te lo pedimos en el nombre de Jesús .Amen